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lunes, febrero 10, 2014

La pierdes



    En lugar de bajar la cabeza y asumir la responsabilidad como un hombre, recoges el diario como si fuera un pañal repleto de mierda, como si fuera un condón enlechao. Les echas un vistazo a los pasajes ofensivos. Entonces tú miras y le sonríes una sonrisa que tu propia cara mentirosa recordará hasta el día que te mueras. Baby, dices, baby, esto es parte de mi novela.
    Y así es como la piertes.

Junot Díaz - "Así es cómo la pierdes"

Ilustración de Jaime Hernández para la versión ilustrada de "Así es como la pierdes"


lunes, junio 04, 2012

Alienación y gimnasia

   
   
    Alastair Reid escribe en The New Yorker, pero va poco a Nueva York. Él prefiere vivir en una perdida playa de la República Dominicana. En esa playa había desembarcado Cristóbal Colón, algunos siglos antes, en una de sus excursiones al Japón, y desde aquellos tiempos nada ha cambiado.
    De vez en cuando, el cartero asoma entre los árboles. El cartero viene doblado bajo la carga. Don Alastair recibe montañas de correspondencia. Desde los Estados Unidos, lo bombardean las ofertas comerciales, folletos, catálogos, lujuriosas tentaciones de la civilización del consumo exhortando a comprar.
    Una vez, entre el mucho papelerío, llegó la propaganda de una máquina de remar. Don Alastair la mostró a sus vecinos, los pescadores.
—¿Bajo techo? ¿Se usa bajo techo?
Los pescadores no lo podían creer:
—¿Sin agua? ¿Se rema sin agua?
No lo podían creer, no lo podían entender:
—¿Y sin peces? ¿Y sin sol? ¿Y sin cielo?
    Los pescadores dijeron a Don Alastair que ellos se levantaban cada noche, mucho antes del alba, y se metían mar adentro y echaban sus redes mientras el sol se alzaba en el horizonte, y que ésa era su vida, y que esa vida les gustaba, pero que remar era la única parte jodida del asunto:
Remar es lo único que odiamos —dijeron los pescadores.
    Entonces don Alastair les explicó que la máquina de remar servía para hacer gimnasia.
¿Para hacer qué?
—Gimnasia
—¡Ah! Y gimnasia, ¿qué es?


Eduardo Galeano - El libro de los abrazos
 


Coplillas que me gustan:


"Love is blindness
I don't want to see
Won't you wrap the night
Around me
Oh my love
Blindness"

viernes, noviembre 18, 2011

Tortura


A las dos o tres semanas, en vez del apestoso plato de harina de maíz habitual, les trajeron al calabozo una olla con trozos de carne. Miguel Ángel Báez y Modesto se atragantaron, comiendo con las manos hasta hartarse. El carcelero volvió a entrar, poco después. Encaro a Báez Díaz: el general Ramfis Trujillo quería saber si no le daba asco comerse a su propio hijo. Desde el suelo, Miguel Ángel lo insultó: "Dile de mi parte a ese inmundo hijo de puta, que se trague la lengua y se envenene". El carcelero se echó a reír. Se fue y volvió, mostrándoles desde la puerta una cabeza juvenil que tenía asida por los pelos. Miguel Ángel Báez Díaz murió horas después, en brazos de Modesto, de un ataque al corazón.



Coplillas que me gustan:

"You don't know if it's fear or desire
Danger the drug that takes you higher
Head in heaven, fingers in the mire"





sábado, agosto 15, 2009

La capital del Nuevo Mundo



... después de haberse acostumbrado más o menos al corre corre surrealista de la vida en La Capital -las guaguas, la poli, la pobreza inconcebible, los Dunkin' Donuts, los mendigos, los haitianos vendiendo maní tostado en las intersecciones, la pobreza inconcebible, los turistas comemierda monopolizando las playas, las novelas de Xica da Silva que les gustaban tanto a Lola y a sus primas en las que la jevita se quita la ropa cada cinco segundos, los paseos de la tarde por el Conde, la pobreza inconcebible, el gruñido de las calles y las chozas de zinc de los barrios populares, las oleadas de gente que vadeaba a diario porque si no se movía lo ahogaban, los guachimanes flacos delante de las tiendas con sus escopetas que no funcionaban, la música, las bromas lascivas que se oían en las calles, la pobreza inconcebible, ser aplastado en el rincón de un concho por el peso combinado de otros cuatro clientes, la música, los nuevos túneles que se excavaban en la tierra de bauxita, los carteles que prohibían las carretas de burros en esos mismos túneles-, después de haber ido a Boca Chica y a Villa Mella y comido tanto chicharrón que tuvo que vomitar a la orilla del camino -Vaya, dijo su tío Rudolfo, eso sí que es divertido-, después de que su tío Carlos Moya le reprochara el no haber venido en tanto tiempo, después de que su abuela le reprocharaa el no haber venido en tanto tiempo, después de que sus primos le reprocharan el no haber venido en tanto tiempo, después que viera de nuevo la belleza inolvidable del Cibao, después que oyera las historias sobre su mamá, después que dejara de asombrarse por la cantidad de propaganda política en cada pared -Ladrones, anunció su mamá, todos ellos-, después que el tío un poco tocado de la cabeza por haber sido torturado durante el reinado de Balaguer viniera de visita e iniciara un acalorado pleito con Carlos Moya por la política (después del cual ambos de emborracharon), después que se quemara en el sol en Boca Chica, después que nadara en el Caribe, después que el tío Rudolfo acabara con él con Mamajuana de marisco, después que viera por primera vez cómo botaban de la guagua a unos haitianos porque los bróders decían que apestaban, después que casi enloqueciera con todas las bellezas que veía, después que ayudara a su mamá a instalar dos aires acondicionados nuevos y se machacara el dedo de tal forma que tenía sangre oscura debajo de la uña, después que todos los regalos que habían traído habían sido distribuidos como correspondía, después que Lola le presentara al novio que había tenido de adolescente, ahora capitaleño también, después que hubiera visto las fotos de Lola en su uniforme del colegio privado, una muchacha alta con ojos angustiados, después que le llevara flores a la tumba del criado número uno de su abuela que lo había cuidado de niño, después que sufriera una diarrea tan horrible que la boca se le aguaba antes de cada detonación, después que hubiera visitado con su hermana todos los museos de mala muerte de la capital, después que se le pasara la consternación porque todos lo llamaran gordo (y, peor, gringo), después que le cobraran de más por casi todo lo que había comprado, después que La Inca rezara por él casi todas las mañanas, después que le diera catarro porque su abuela hubiera puesto el aire acondicionado demasiado frío, decidió de repente y sin advertencia previa quedarse en la Isla el resto del verano con su mamá y su tío.

Junot Díaz - La maravillosa vida breve de Óscar Wao


Cositas que me gustan:

"And when what's real

Is always too tough
Nothing at all can touch you, touch you"